Tuesday, November 3, 2009

Murieron los dinosaurios envenenados

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Puede haber sido una clase tóxica de alga, y no un asteroide, la culpable de la desaparición de los dinosaurios. Y también la responsable de otros episodios de extinción masiva que hasta ahora se achacaban a las causas más diversas. Esa es la opinión de dos investigadores de la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, que afirman que fue una toxina producida por algas lo que consiguió, en más de una ocasión, poner en serio peligro la continuidad de la vida en la Tierra.


La nueva teoría, propuesta por el geólogo James W. Castle y el toxicólogo John H. Rodgers durante el encuentro anual de la Sociedad Geológica norteamericana, que se celebra en Portland, libera así a los supervolcanes y a los impactos cósmicos de la acusación de ser los responsables últimos de más de un episodio de extinción masiva. El título de mayor aniquilador de especies pasa así a manos de un alga tóxica que también en la actualidad prolifera casi en cualquier lugar en el que haya abundante agua. Afortunadamente, en condiciones normales estas plantas microscópicas existen en concentraciones muy pequeñas, por lo que no constituyen un peligro para las formas de vida que las rodean.
Asesinas múltiples Pero la situación cambia de manera radical cuando las aguas se calientan o se ven contaminadas de repente por la inyección de grandes cantidades de polvo y tierra procedentes de la tierra firme. En esos casos, las algas empiezan a multiplicarse de forma exponencial. Tanto, que son capaces de acabar con la vida de todo cuanto les rodea: peces, medusas, dinosaurios... e incluso seres humanos.
Para Castle y Clemson, eso fue precisamente lo que sucedió durante los cinco mayores episodios de extinción en la historia de nuestro planeta. Al mismo tiempo que se producía cada uno de ellos, los investigadores han encontrado que se disparaba también la presencia de estromatolitos, auténticos «mantos» vivientes formados por la captura y fijación de partículas carbonatadas por parte de algas y cianobacterias, a lo largo y ancho de todo el mundo.
«Si profundizas en las varias teorías sobre extinciones masivas -asegura Castle- siempre encuentras preguntas sin responder. Por ejemplo, ¿mediante qué mecanismo puede un impacto causar la extinción de especies? ¿Por el cambio climático que provoca? ¿Por el polvo en la atmósfera? Es posible que eso no sea lo que lleve a la extinción de todas esas especies, después de todo».
Al impactar un gran asteroide contra la Tierra, los materiales que caen al agua alimentan a las algas y éstas se multiplican de forma explosiva
Sin embargo, cuando se produce el impacto de un gran asteroide contra la Tierra, la lluvia de polvo y materiales que caen al agua procedentes de tierra firme se convierten en una inagotable fuente de alimento para las algas, cuya población empieza a multiplicarse de manera explosiva. Y al hacerlo, se liberan grandes cantidades de productos químicos y toxinas que pueden producir los efectos más variados, desde irritar la piel a causar la muerte por envenenamiento. Las plantas serían las primeras en incorporar estos nocivos agentes químicos, que pasarían después a los herbívoros que se alimentan de ellas y más tarde a los carnívoros que se comen a los herbívoros...
Un peligro actualSi la teoría es correcta, constituye una explicación capaz de despejar numerosas dudas sobre cómo se desarrollaron los mayores episodios de extinción masiva en la historia de la Tierra. Y al mismo tiempo nos daría una serie de pistas muy valiosas sobre cómo las algas pueden estar dañando, en la actualidad, el ecosistema de un mar que está cada vez más caliente debido al cambio climático. «El crecimiento de las algas aumenta con el aumento de las temperaturas -explica Castle-. El calor acelera el metabolismo y la reproducción de estos organismos, y ese efecto parece ser mayor precisamente para las especies de cianobacterias que producen toxinas».
El investigador añade que en Estados Unidos esa clase de algas tóxicas parece estar migrando lentamente hacia el norte a través de los ríos y lagos del país, y también a lo largo de las zonas costeras, donde la temperatura del agua es cada vez mayor. Y esa expansión no sólo constituye un peligro para los animales acuáticos, sino para los humanos, que podrían ver invadidas e inutilizadas sus principales reservas de agua potable.

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